El Origen

Me he tragado una canción de mi vida para llegar hasta aquí. Del mismo modo que cuando usted va conduciendo y pasa una y otra vez de canción hasta que llega a la que le gusta, hasta la importante. Siempre acabo preguntándome por qué demonios siempre hay canciones que pasar. De relleno.
La canción que me acababa de tragar hablaba de cómo había llegado hasta allí. Era irrelevante, como todo lo que ocurría entre trabajo y trabajo. Nunca me paro a pensar en el tiempo que separa dos situaciones trascendentes. Simplemente llego.
Hacía ya años que sólo viajaba por trabajo. Todas las ciudades me parecían iguales, insustanciales, sólo gente. Con distinta apariencia, con distintas culturas, pero con los mismos problemas y preocupaciones.
No suelo hablar mucho de trabajo; en realidad no suelo hablar mucho. Como ya he dicho nunca me detengo en los medios, en los modos. Llego siempre a la raíz, al origen. Y desde allí busco y llego a una solución. Sin ambages, directo. Ese es mi trabajo. Resolver problemas ajenos. No pregunto nada, no me paro a pensar en nada. Paso las canciones intermedias. Mis clientes son de lo más variado y no tengo costumbre de hablar de ellos. Disculpen, la discreción es  una deformación profesional
Suelo pasar desapercibido. No soy una persona ni muy alta ni muy baja. Ni soy ni guapo ni feo, ni gordo ni muy delgado. A los ojos de cualquiera paso por un hombre de negocios normal. Tengo la típica cara que todo el mundo olvida nada más verla. Eso no es algo fortuito, es indispensable. Por supuesto no visto de negro, con gafas oscuras y un maletín, seguro que comprenden lo que quiero decir.
Llegado a este punto el motivo de mi viaje, como ya dije antes trabajo, me había llevado a la librería Lello e Irmao, en el centro de Oporto, en una soleada tarde de sábado. No me parecía un lugar apropiado para la entevista aunque, para ser sinceros, me soprendió encontrarla vacía a esas horas. Era una inquietante estancia con unos enormes estantes de madera antigua que llegaban hasta el techo. En el centro de la librería, una escalera se bifurcaba a derecha y a izquierda, conduciendo a la planta superior.
– Adelante Monsieur Beumont, no se quede en la puerta – una voz llegaba desde la planta superior -. Suba.
Subí lentamente. Deteniéndome en  todos los detalles. Inquieto, aunque con la seguridad que me daban, a partes iguales, los años experiencia y mi Beretta de 9 milímetros. En la estancia superior me encontré a un tipo sentado en una mesa de espaldas a mí. Leía la prensa y estaba tomando un café, no tan humeante como su cigarro.
– Tome asiento, por favor. ¿Desea tomar algo? ¿Café? ¿Tal vez una copa?
Un hombre de mediana edad, con gafas de pasta negras y una negra y arreglada barba me observaba. Sus oscuros ojos trataban de adentrarse en mi interior mientras esbozaba una cínica media sonrisa.
– ¿Desea probar uno de mis cigarros? – sus ojos seguían clavados en los míos pero me dio la sensación de que ya nada lo que pudiese encontrar en mí le iba a resultar ajeno.
– Pensé que mantendríamos esta conversación en portugués, señor… Aún no me ha aclarado cómo debo llamarle.
– ¿Tal vez mi francés denota un acento extranjero? ¿No es el apropiado? – apoyó la taza en el platillo y se acomodó en el respaldo -. De momento no necesita conocer mi nombre, como tampoco necesita esa pistola que lleva. Aquí no le sería de ninguna utilidad. Este sitio pertenece a la cultura, al saber, al conocimiento humano y no a su barbarie, Monsieur Beaumont. ¿O debería llamarle Monsieur Turandot? ¿Herr Naumann? ¿Mr Schmidt? Ah, conozco tantas formas de llamarle… ¿Cuál de ellas prefiere? ¿Cómo debo dirigirme a usted?
– Beumont está bien, gracias.
– Como usted desee, Monsieur Beaumont. Veo que no le sorprende que conozca todas sus identidades… Pero estoy seguro que le inquietaría descubrir lo que sé de usted. ¿Cuántos trabajos? ¿A cuántas personas ha liquidado usted? ¿Decenas? ¿Cientos? Es usted joven y sin embargo este trabajo le tiene muy estresado. Está muy envejecido. ¿Seguro que no desea tomar nada?
– No gracias.
– ¡Ah, Beumont! Usted siempre tan precabido y prudente. Iré al grano. Necesita un cambio de aires, si me permite apuntarlo. No está hoy aquí para un trabajo en concreto. Le vendría bien trabajar una temporada a mi servicio. Por supuesto el sueldo no sería problema. Lo que usted pida me parecerá justo.
– Ya tengo un trabajo. Y no tengo problemas económicos.
– Amigo mío. Como ya le he comentado yo sólo pienso en su bienestar, en su salud. ¿Tiene 37 años y ya está pensando en retirarse? El único modo en que podrá salir de aquí será trabajndo para mí. ¿O es que no se ha dado cuenta?- paró un momento a tomar un sorbo de su taza-. ¡Oh, disculpe mis malos modales, Monsieur Beumont! No pretendía que sonara como una amenaza. Se trata de una invitación, por supuesto. El mayor problema que tendrá al salir de aquí, si decide declinar mi oferta será el de encontrar trabajo. Yo le he descubierto. Si esta información trasciende estará acabado. Supongo que no le faltarán enemigos. No le auguro un buen futuro, Monsieur Beaumont. Una profesión como la suya siempre tiene grandes riesgos añadidos. Los accidentes ocurren a diario, ¿no le parece?
– Creo que me tomaré esa copa. Un bourbon con hielo, por favor.
– Eso está mejor- me acercó la copa y puso un posavasos encima de la mesa.
– Necesito un tiempo para meditarlo.
– ¡Oh, por supuesto! Comprendo su situación. Representa gran cambio para usted, que siempre ha gozado de una total autonomía en sus movimientos. Pero debe comprender que a mí el tiempo me apremia. Le dejo esta noche para que lo piense. ¿Por qué no se aloja en el Ipanema Park?. Ya está todo previsto, hay una reserva a su nombre. Allí podrá relajarse y meditar su decisión. Mañana pasarán a buscarle a su habitación si, tal como presumo, decide optar por la decisión correcta. A decisión suya, a partir de ese momento será a nuestros ojos Monsieur Printen Beumont, ciudadano suizo.
Apuré mi copa y me levanté dispuesto a irme. Justo antes de cruzar el umbral de la puerta escuché su voz que me reclamaba.
– Un último detalle, Beaumont. A partir de ahora diríjase a mí como Señor de las Historias.
Cuando salí a la calle ya era de noche. Caminé pensatvo sin saber muy bien a dónde me dirigía durante un par de horas. Por primera vez en muchos años centraba mi atención en los medios y no en los fines…

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7 respuestas a El Origen

  1. Mª JOSE dijo:

    ME HA ENCANTADO ¿ES TUYA?
    POR FAVOR ,SIGUE CON ELLA ,ESTA DE LO MAS INTERESANTE.
    UN BESAZO.MARY JOE

  2. Mª JOSE dijo:

    ME HA ENCANTADO¿ES TUYA?
    SI ES ASI,CONTINUALA,POR FAVOR ME HAS DEJADO EN ASCUAS.
    UN BESAZO .MARY JOE

  3. Asiria dijo:

    Guauu!! No me imaginaba así al Señor de las historias pero original tu relato si señor! Creando las palabras un marco y un ambiente muy bien descritos,el diálogo,y la reflexión final, un gran relato!
    Un abrazo

  4. Cris dijo:

     
     
    Me ha parecido entretenido y el giro final no tiene desperdicio…aunque…no sé yo si me imagino al señor o señora de las historias actuando así😉
     
     
    Saludos. Cuídate y gracias por escribir con la frase.
     
    http://www.elkloveriscopio.blogspot.com

  5. Yol dijo:

    Bárbaro! No. No es peloteo, es que me ha encantado. Hay mucho del señor Beaumont en Printen? Me gustaría pensar que sí. Menudo personaje, nada plano… estupendo. El giro final aunque me ha gustado y no me lo esperaba del todo, me ha parecido algo efectista, pero ya te digo, una sorpresa diferente. Mola.Un beso y felicidades por el relato.

  6. RICARDO dijo:

    Ah nooooooooooo! Este final nooo. No lo vale, macho. A trabajar, y a seguir escribiendo. No seas vago, no me trago el recurso de Esdlh. No me vas a dejar así.
    Pero bueh, el que escribió esta historia sos vos. Está muy buena…muy.
     
    Un abrazo desde las Argentinas(creo que es la primera vez que vengo por aquí, he estado bastante complicado)

  7. pili dijo:

    muy buena, pero estoy con Ricardo… tienes facilidad, eso salta a la vista, tienes el Don, el Don de la Palabra, de las Historias… solo… solo tira del hilo…
     
    Un beso

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